Nuestra visita a la Galería Santa Fe para conocer la exposición Katábasis fue una experiencia profundamente enriquecedora, tanto por los conocimientos adquiridos como por la manera en que nos invitó a replantear la percepción de la ciudad. Antes de iniciar el recorrido, comprendimos el significado del término katábasis, una palabra de origen griego que hace referencia al descenso hacia las profundidades o al acto de «marchar hacia abajo». En la literatura clásica, este concepto describe el viaje de un héroe al inframundo: un recorrido lleno de incertidumbre y desafíos que culmina con una revelación o un nuevo saber. Aprehender esta idea permitió que la exposición cobrara un sentido mucho más profundo, pues entendimos que nuestro descenso no sería únicamente físico, sino también simbólico: un viaje hacia aquello que permanece oculto bajo Bogotá y que, pese a su invisibilidad, continúa formando parte de su identidad.
Desde el momento en que ingresamos a la galería, los espacios oscuros, los sonidos ambientales y la iluminación cuidadosamente diseñada creaban una atmósfera de misterio que despertaba la curiosidad. Cada sala transmitía la sensación de estar descendiendo progresivamente hacia un mundo desconocido. Lejos de ser un simple recurso estético, esta ambientación reforzaba la intención de la muestra: hacernos sentir que nos alejábamos de la superficie para descubrir lo que normalmente pasa desapercibido. De esta manera, el recorrido dejó de ser una mera observación de obras artísticas para convertirse en una experiencia inmersiva donde el espacio también comunicaba un mensaje.
Uno de los aspectos más significativos fue comprender la importancia de los ríos de Bogotá desde una perspectiva mucho más amplia que la habitual. La exposición revelaba que estos cuerpos de agua no solo poseen un enorme valor ambiental, sino también cultural, histórico, social y económico. Al igual que el agua fluye constantemente, los ríos han transitado un proceso histórico que refleja la transformación de la ciudad. En un principio, fueron fundamentales para las comunidades indígenas, quienes dependían de ellos para abastecerse, desplazarse y desarrollar su vida cotidiana, además de atribuirles un profundo significado espiritual. Con el crecimiento urbano, estos mismos ríos fueron utilizados para satisfacer las necesidades de una metrópoli en expansión, hasta que finalmente muchos terminaron canalizados y ocultos bajo las calles, convertidos en una presencia silenciosa que rara vez recordamos.
Las diferentes dinámicas propuestas durante la exposición enriquecieron aún más esta reflexión. La realización de ejercicios artísticos permitió representar cómo percibimos los ríos en la actualidad y comprender que todavía es posible reconocer su presencia mediante el sonido, la luz y la memoria. Esta actividad me hizo entender que los ríos nunca desaparecieron realmente; simplemente dejaron de ser visibles y ahora requieren nuevas formas de ser interpretados. Del mismo modo, la revisión de fuentes históricas permitió conocer el proceso de canalización de estos cuerpos de agua y descubrir relatos, mitos y creencias que antiguamente se asociaban a ellos, evidenciando su papel fundamental en la construcción de la identidad bogotana.
Al finalizar el recorrido, comprendí que el verdadero significado de la katábasis no consiste únicamente en descender, sino en regresar transformado por aquello que se descubre durante el viaje. Así como los héroes de los relatos clásicos volvían del inframundo con una nueva visión del mundo y de sí mismos, salí de la galería observando a Bogotá desde una perspectiva diferente. Bajo las calles que transitamos diariamente no solo existen ríos canalizados, sino también siglos de historia, memoria y cultura que continúan fluyendo en silencio. La exposición logró demostrar que el arte tiene la capacidad de revelar lo que permanece oculto y de convertir la visita a una galería en una experiencia que transforma la manera en que entendemos el territorio que habitamos.
