Entre el 20 y el 27 de abril, los laboratorios del Colegio Colombo Americano fueron el escenario de una jornada inolvidable. Un grupo de niños de Prekinder cruzó por primera vez las puertas de ese espacio que para muchos adultos representa rigor, admiración y ciencia, pero que ese día se llenó de risas, ojos abiertos de par en par y pequeñas manos señalando con asombro lo que el estereoscopio les revelaba.
Esta experiencia fue codiseñada, entre Paola Tovar, docente de Formación Humana y Antonio Fontalvo, el laboratorista. Esta idea nació de una certeza compartida: el asombro por la naturaleza es una de las vías más auténticas para que los niños de cuatro años identifiquen y expresen sus propias emociones.
Todo comenzó antes de llegar al laboratorio, con una pregunta que encendió la imaginación de todo el salón: ¿Los insectos también pueden sentir alegría o miedo como nosotros? A través de una ruleta digital con insectos de rostros expresivos, los niños imitaron con su cuerpo la rabia de un escarabajo, la tristeza de una hormiga y la alegría de una mariquita, calentando no solo el pensamiento, sino el corazón. Fue así como llegaron al laboratorio no como espectadores, sino como verdaderos detectives de emociones, listos para descubrir qué les iba a despertar cada criatura que apareciera bajo el lente del estereoscopio. Y lo que ocurrió a partir de ese momento superó cualquier planeación.
Hubo quienes, al ver de cerca la boca y las antenas de una hormiga, no pudieron contener la curiosidad y se acercaron minuciosamente al lente para no perderse ningún detalle. Otros retrocedieron al encontrarse con los ojos múltiples de una araña, y ese susto genuino se contagió en risas nerviosas que recorrieron el grupo entero. Las alas de la mariposa provocaron silencio y admiración; ese tipo de quietud que solo aparece cuando algo es demasiado bello para interrumpirlo con palabras. Pero fue la polilla la que se robó el corazón de la mañana: su pelaje suave y su lengua enrollada y asomada despertaron en los niños una ternura inesperada, como si de repente ese pequeño ser hubiera dejado de ser un bicho para convertirse en algo digno de cuidado y cariño.
Entonces ocurrió algo que vale la pena contarle a todo el colegio: cuando al final se les preguntó cómo se habían sentido, varios niños confesaron con total honestidad que al principio habían tenido miedo, pero que al ver a sus compañeros atreverse, ellos también encontraron la valentía para hacerlo. En esa respuesta sencilla y sincera estaba todo el sentido de la actividad. Porque el objetivo no era solo conocer los insectos, sino aprender que las emociones tienen nombre, que el miedo no tiene que ser el final de la historia y que, a veces, basta con mirar a un compañero para encontrar el valor que a uno le faltaba. El laboratorio del Colombo Americano fue ese día, sin duda, mucho más que un espacio de ciencias: fue un espacio de autoconocimiento, de vínculos y de valentía compartida.
