Trending Tony en su video de la plataforma Youtube “El mundo se está volviendo loco y nos da completamente igual¨ afirma que, entre tantos factores que conllevan a la locura colectiva, el uso de las redes sociales y de la inteligencia artificial (IA) son casi los principales culpables.
No soy ajena a esta problemática, sin embargo, en lo que respecta a las redes sociales, considero que han pasado de ser un mecanismo para conectar con amigos y conocidos a convertirse en una herramienta de entretenimiento y, en algunos casos, de manejo persuasivo de la información. Por ejemplo, consumir videos cortos como TikToks o Reels dejó de ser un medio de distracción a ser un generador masivo de dopamina. Con el tiempo, esto ha ocasionado que el cerebro humano pierda capacidad de atención, aumentando las tasas de estrés, ansiedad y otros problemas mentales que no se observaban antes de la popularización de este tipo de redes.
Adicionalmente, resulta preocupante cómo personas, instituciones, gobiernos y organizaciones han convertido las redes sociales en canales “oficiales” de información cuando, en la práctica, funcionan más como escenarios de posicionamiento estratégico que como espacios de debate informado. Un ejemplo evidente se dio durante la campaña electoral en Colombia en 2024, y en años anteriores, donde algunos candidatos recurrieron a plataformas como TikTok para construir narrativas políticas simplificadas, apelando a lo emocional y a lo cercano. Aunque esto puede interpretarse como un intento de acercarse a los jóvenes, en realidad termina reduciendo la política a contenido ligero y consumible; ya no importan las propuestas sino su capacidad de volverse viral. Más que fomentar ciudadanos críticos, se promueve una relación superficial con la información.
En relación con la inteligencia artificial, considero que su uso indiscriminado está generando una dependencia preocupante. Lejos de potenciar únicamente las capacidades humanas, su implementación masiva en ámbitos académicos y laborales está facilitando la sustitución del pensamiento propio por respuestas automatizadas. El problema no es la herramienta, es la forma en que se utiliza: cada vez es más común encontrar textos, ideas e incluso procesos creativos que no nacen del esfuerzo humano, sino de la inmediatez tecnológica. Esto plantea una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿hasta qué punto estamos dispuestos a delegar nuestra capacidad de pensar?
De igual manera, la combinación entre inteligencia artificial y redes sociales está configurando un entorno que, en lugar de estimular el pensamiento, parece empobrecerlo. La proliferación de contenidos generados por IA sin un propósito claro, como los asociados al llamado “brainrot”, evidencia una tendencia hacia un consumo cada vez más vacío y automático. No es solo es humor simple, es una forma de entretenimiento que reduce la exigencia cognitiva al mínimo, donde incluso un video trivial, como un objeto cayendo, puede alcanzar millones de visualizaciones. Este fenómeno no es inocente: refleja una transformación en los criterios de atención y valor, en la que lo banal desplaza progresivamente a lo significativo. En pocas palabras, el uso inadecuado de las redes sociales y de la inteligencia artificial (IA) está operando como una especie de estímulo adictivo que mantiene a la población distraída de la realidad, erosionando progresivamente las capacidades cognitivas humanas, hasta el punto de que algunos ya comparan su impacto con el de un desastre de gran escala.
Ante este panorama, cabría esperar una reacción proporcional: una pausa, una reflexión colectiva, una intención real de replantear el rumbo y redireccionar el uso de estas herramientas para preservar, o al menos recuperar, la creatividad, la inteligencia y el pensamiento crítico. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante es la indiferencia con la que parece asumirse, como si la degradación fuera parte natural del progreso, como si no hubiera nada que cuestionar, como si, en el fondo, el mundo se está volviendo loco y nos da completamente igual.
