Un libro. Varias páginas, palabras y frases que parecen contar una historia. Un relato que quizás podría cambiarnos, incomodarnos, mostrarnos la condición humana y rompernos en pedazos para construir algo nuevo. Hoy, sin embargo, la esencia del acto de leer parece ser cuestionada; tal vez, incluso, se desvanece cada vez que pasamos una hoja. Nunca ha habido tantos libros disponibles ni tantos lectores y, paradójicamente, tantas historias que se convierten en un mero producto de consumo creado para satisfacer los deseos inmediatos del lector.
El fenómeno BookTok es el ejemplo más claro de esta transfiguración. En 2025, solo en España, generó la venta de 6,3 millones de libros y más de 116 millones de euros en ingresos. En Europa superó los 50 millones de ejemplares. Nadie puede negar que ha creado una comunidad que ha permitido que muchos jóvenes se sumerjan en el mundo de las letras; pero reducir toda la realidad a este aspecto es un espejismo que pretendemos creer.
La experiencia de leer parece desplazarse, desdibujarse. Se ha vuelto un pasaje de consumo rápido, prediseñado, que intenta seguir las tendencias actuales para hacerse un espacio en la estantería de una casa, pero no en la mente.
La autopublicación y plataformas como Wattpad o Kindle Unlimited permiten que cualquier persona pueda escribir y publicar. Esto, teóricamente, debería enriquecer la creatividad. Sin embargo, el autor ha dejado de ser el artista que retrata el abismo de su ser para convertirse en un fabricante de contenido que sigue el algoritmo, el cual exige cantidad sobre calidad. Ya no se busca el libro que pueda cambiarnos la vida; se busca aquel que se pueda terminar en una tarde, que cumpla con los tropes (“enemies to lovers”, “touch her and die”) y que entregue la dosis del famoso smut o spicy. La pluma ya no es la voz del alma, sino la de las ventas. ¿Qué profundidad puede tener una obra que nace de la urgencia y no de la reflexión?
A través del tiempo, se ha creído que “leer es bueno”, pero el valor de leer depende de qué leemos y cómo lo leemos. La literatura se ha convertido en una vía de escape sin sentido, similar al dumbscroll de las redes sociales, que no obliga al lector a detenerse. Se está perdiendo la capacidad de observar los silencios y sentir la ambigüedad de un sentimiento. Consumimos un tipo de fast-food intelectual lleno de literatura formulaica creada para la satisfacción inmediata.
Ante este escenario, surge la sospecha del fin de la imaginación. Pareciera que habitamos en un mundo donde todo lo posible ya fue escrito y solo queda reciclar historias antiguas con apariencia de novedad. Se observa en libros como Powerless o Alchemised, recuentos de otros éxitos que esperan la misma fortuna. Como decían Adorno y Horkheimer, cuando la cultura se convierte en industria, el arte deja de ser una búsqueda de verdad para transformarse en mercancía. Un libro deja de ser arte cuando solo existe para complacer al público; se vuelve fácil de olvidar, desechar y reemplazar por el siguiente que esté de moda.
Al final, el acto de leer pierde su sentido. Si la literatura moderna es predecible, hemos matado al pensador para crear a un consumidor. ¿Qué diferencia hay entre quien mira redes sociales sin pensar y un lector que se entretiene sin reflexionar? Si seguimos así, estamos desechando la única herramienta que nos permite imaginar, cuestionar y entendernos. La complejidad del ser caería en una industria que convierte lo humano en algo plástico y artificial. No podemos aceptar una literatura fácil que celebre la cantidad sobre la profundidad.
¿Hemos aceptado la cultura del consumismo incluso en el arte? ¿Desde cuándo el valor de un libro se determina solo por su capacidad de entretener? Tenemos la opción de rescatar lo que vale la pena o quedarnos con aquello que empequeñece nuestra imaginación, mientras seguimos pasando las páginas, indiferentes o, peor aún, cómodamente cegados.
