Los últimos años han estado marcados por un desarrollo tecnológico sin precedentes, en el que la tecnología se ha convertido en la protagonista de avances que hoy hacen parte de nuestra vida cotidiana. Entre ellos, transformó el acceso al entretenimiento al ponerlo al alcance de millones de personas a través de las pantallas digitales. En 2010 se popularizó el concepto de scroll infinito en los teléfonos inteligentes, una herramienta que continúa presente en los dispositivos que llevamos en nuestros bolsillos y que nos permite acceder a una cantidad prácticamente ilimitada de contenido con solo unos pocos movimientos del dedo.
Más allá de proporcionar entretenimiento o momentos de relajación, estas tecnologías también han generado formas de dependencia cada vez más difíciles de controlar. El consumo constante de contenido alteró nuestros hábitos, procesos de atención y formas de relacionarnos con los demás, hasta convertir el uso cotidiano de las pantallas en algo similar a la adicción. Desgraciadamente, quienes experimentamos estas consecuencias somos tú y yo.
Probablemente ya tengan conocimiento de la protagonista de esta problemática: la dopamina. No obstante, les propongo abordar el problema con una mirada más amplia. Es momento de dejar de responsabilizar únicamente a la dopamina y reconocer que nos enfrentamos a un enemigo mayor: un sistema que ha perfeccionado su capacidad de captar nuestra atención mediante códigos y algoritmos diseñados específicamente para estimular el uso compulsivo de estas plataformas.
Las empresas han logrado convertir nuestra vida cotidiana en un modelo de negocio. Plataformas como YouTube e Instagram utilizan algoritmos que buscan estimular la gratificación inmediata y mantenernos conectados el mayor tiempo posible. Poco a poco, aprendimos a depender de esa gratificación y a buscarla constantemente. Caímos en una especie de trampa biológica en la que nuestro sistema nervioso busca la siguiente dosis de contenido, una dinámica es similar a la de una adicción.
Y lo peor no es únicamente la disminución de nuestra capacidad de concentración a largo plazo o las alteraciones del sueño asociadas al uso de pantallas antes de dormir. Lo verdaderamente preocupante es la manera en que estas tecnologías pueden intervenir en nuestras interacciones sociales, uno de los pilares fundamentales de cualquier comunidad humana y de nuestro bienestar mental y emocional.
Aristóteles en el Libro I de su obra la Política, sostiene que el ser humano es, por naturaleza, un ser social y cívico. Quien no puede vivir en sociedad, o no necesita de ella porque se basta a sí mismo, no es parte de la polis, sino una bestia o un dios. La autosuficiencia total no es propia del individuo, sino de la comunidad. Sin embargo, la sobreestimulación asociada al consumo constante de contenido digital ha comenzado a desafiar la construcción de relaciones sociales reales y profundas, al acostumbrarnos a una gratificación inmediata, efímera y fugaz, es decir, como no somos dioses, nos estamos convirtiendo en bestias.
Pongamos un ejemplo tristemente común entre nuestra generación. Se presenta un conflicto mínimo entre dos buenos amigos, uno que podría resolverse fácilmente. Sin embargo, ambos prolongan la discusión, buscan formas de agravarse mutuamente, encontrar culpables y generar nuevas situaciones que aumenten el estrés. Contrario a lo que muchos podrían pensar, el problema no radica únicamente en la inmadurez de estas personas, sino también en la forma en que nuestros hábitos digitales pueden influir en nuestro cerebro y en nuestra manera de relacionarnos.
En ese momento, el cerebro puede encontrarse en un estado de alerta y estimulación constante, similar al que mencionamos anteriormente. En otras palabras, podemos llegar a acostumbrarnos a la intensidad del conflicto y al drama que este genera. Además, al llevar una vida más sedentaria y mantener muchas de nuestras interacciones a través de una pantalla, podemos terminar buscando el ¨conflicto artificial¨ como una forma de experimentar emociones intensas y obtener una sensación momentánea de recompensa. Y así de fácil terminamos reemplazando una conexión real y profunda por un estímulo rápido y, si lo pensamos bien, profundamente impersonal.
De igual manera, las interacciones cara a cara pierden atractivo frente a la inmediatez de las experiencias digitales. La paciencia, la empatía y la escucha activa que requieren estos encuentros resultan difíciles de sostener cuando nos acostumbramos a una búsqueda constante de novedad y velocidad. Sin darnos cuenta, alejamos buenas amistades porque, de repente, nos parecen ¨aburridas¨. Pasamos de un grupo social a otro en busca de un estímulo que nunca es suficiente. Y no somos pocos: somos muchos los que, con los ojos puestos en una pantalla, confiamos en la emoción efímera de un reel.
Ahora imaginemos que esto ocurre durante el colegio o la universidad. ¿Qué será de una sociedad cuyos miembros tengan cada vez más dificultades para construir vínculos profundos, afectivos o familiares? ¿Qué ocurrirá con una generación a la que le resulte difícil socializar, escuchar y establecer relaciones duraderas?
Este problema, que es relativamente nuevo, paradójicamente, afecta a quienes tendrán que enfrentarlo en el futuro. Mientras las empresas aumentan sus ganancias a partir de nuestra atención, nosotros ponemos en riesgo nuestras habilidades para relacionarnos y comenzamos a fragmentarnos desde adentro.
Nos volvemos más impersonales: la emoción de un abrazo, una conversación o un encuentro puede parecer reemplazable por un minuto y medio de contenido que podemos reproducir infinitamente. Y quizá ahí esté una de las mayores contradicciones de nuestra época: nunca hemos estado tan conectados, pero, nunca hemos estado tan solos.
