Cuando educamos en conceptos, formamos seres competentes que seguramente serán exitosos en su quehacer profesional y así lo demuestran las múltiples historias que se construyen día a día en el CAS. Sin embargo, existe una apuesta poderosa que ha marcado nuestro camino: formar seres humanos. Esto implica una mirada holística de la situación y la puesta en marcha de estrategias profundas para responder a los desafíos de las nuevas generaciones. Entendiendo que educar también es acompañar el desarrollo emocional de nuestros estudiantes.
Bien se dice de manera coloquial que antes de ser cualquier cosa debemos ser buenos seres humanos, o como lo decía Aristóteles “educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto “y esto va más allá de la idea de “ser buenos” y se relaciona en la forma en que nos desenvolvemos día a día, cómo afrontamos los posibles obstáculos, cómo aprendemos de nosotros mismos y de lo que construimos en nuestro camino. En este sentido, la educación emocional no puede darse por sentada o delegarse únicamente a los hogares: es una base que se construye en la escuela apostando por la prevención y no solo por la contención a través de un acompañamiento consciente, pertinente y amoroso.
Es por eso que cada día apostamos por una educación que trascienda los contenidos, que deje huella y genere futuros sostenibles. Acompañamos procesos con compromiso y ofreciendo un apoyo que va más allá del aula. Porque formar desde el ser no es solo un ideal, es nuestra misión de transformar y de educar como nos hubiese gustado serlo, educados para la vida.
