Las grandes historias no siempre se encuentran resguardadas en las estanterías de las bibliotecas ni en las páginas de los libros de texto; muchas veces caminan a nuestro lado, de manera silenciosa, por los pasillos de nuestra propia institución. Bajo esta premisa, los estudiantes de último año protagonizaron el cierre de una enriquecedora unidad pedagógica interinstitucional, un espacio donde la literatura, la investigación de campo y la conciencia social se encontraron para detener el ritmo acelerado de la rutina escolar y mirar con detenimiento el entorno.
Durante el primer trimestre del año escolar, el desafío técnico en la asignatura de Lengua y Literatura se centró en dominar el arte del reportaje: estructurar entrevistas profundas, definir enfoques narrativos, capturar planos audiovisuales y pulir la redacción periodística. Sin embargo, gracias a la articulación con el programa CAS, el ejercicio académico trascendió los límites del aula. Los estudiantes asumieron la tarea de visibilizar y honrar las trayectorias de vida de aquellas personas que, desde la portería, los servicios generales, el mantenimiento, el apoyo pedagógico y la gestión administrativa, sostienen y cuidan la cotidianidad de la comunidad.
La apertura del encuentro formal estuvo marcada por la reflexión y el autoanálisis sobre el impacto de la experiencia. Adrián Sierra, estudiante de 11°A, fue el encargado de sintetizar el sentir colectivo a través de unas sentidas palabras de apertura. En su discurso hizo un llamado a sus compañeros a no asumir este proyecto como una simple calificación cuantitativa en una plataforma, sino como un “pacto de por vida” basado en la empatía, invitando a la promoción a que mirar a los ojos y saludar por su nombre a cada miembro de la comunidad sea la firma de autor y el verdadero sello formativo de la institución.
El momento cumbre de la jornada se vivió durante la entrega oficial de los reportajes. Rompiendo los protocolos distantes, cada estudiante llamó al escenario a su entrevistado, proyectando ante el auditorio las tres palabras que definían la esencia de su personalidad y entregando un testimonio materializado de su historia en formato digital, acompañado de una rosa o un chocolate como símbolo de afecto.
Los homenajes, cargados de abrazos y lágrimas de agradecimiento mutuo, permitieron visibilizar las identidades de quienes hacen del colegio una casa común. Cada entrega demostró que detrás de los uniformes y las labores logísticas existen historias de vida marcadas por el esfuerzo, la dignidad gigante y un profundo compromiso con el bienestar de los estudiantes.
El cierre del evento dejó una certeza clara en los asistentes: aunque la unidad pedagógica formal haya concluido, los lazos humanos creados permanecen intactos. La entrega de estos reportajes biográficos demostró que el aprendizaje se vuelve verdaderamente valioso cuando se pone al servicio de los demás.
El CAS reafirmó su propósito de formar seres humanos íntegros, recordándole a su comunidad que la empatía no es un concepto abstracto, sino una fortaleza que se construye conversando, colaborando y, sobre todo, reconociendo el valor intrínseco de cada persona. Los nombres de los homenajeados han quedado grabados de forma permanente en la memoria de una promoción de bachilleres que aprendió que para narrar el mundo, primero hay que aprender a escuchar el corazón de quienes nos rodean.
